En un remoto valle rodeado de montañas y cubierto por densos bosques, vivía una niña llamada Luna. Luna tenía nueve años y era conocida por su sonrisa radiante y su amor por la naturaleza. Sus ojos, grandes y curiosos, siempre estaban buscando nuevas maravillas por descubrir. Pasaba sus días explorando los senderos del bosque con su fiel compañero, un zorro juguetón llamado Rayo. Rayo era más que una mascota; era su mejor amigo y confidente.
Luna había nacido y crecido en aquel valle, un lugar mágico y sereno, donde los días transcurrían en paz. Su casa estaba construida con madera y piedra, adornada con flores que ella misma había plantado. Los habitantes del valle conocían a Luna por su energía inagotable y su capacidad de encontrar belleza en cada rincón del bosque. Todos los días, después de terminar sus tareas, Luna y Rayo emprendían alguna nueva aventura.
Un día, mientras Luna y Rayo deambulaban por el bosque, se encontraron con un fenómeno sorprendente: un destello de luz multicolor que parecía emerger de entre los árboles. Intrigada, Luna se acercó cautelosamente, pero antes de que pudiera alcanzarlo, la luz desapareció en un parpadeo.
—¡Rayo, has visto eso, verdad? —preguntó Luna con asombro.
Rayo asintió con la cabeza, sus ojos brillaban con curiosidad.
—¿Qué crees que era, Luna? —preguntó con un ladrido suave.
Luna frunció el ceño, perdida en sus pensamientos.
—No lo sé, Rayo. Pero estoy decidida a descubrirlo.